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Imagen nuevas instituciones

El mundo en el que fuimos formados ya no existe. Las instituciones que condicionaban nuestra convivencia están en crisis. Los síntomas son muchos y principalmente afectan a cuatro instituciones que han fundamentado la vida moderna: las religiones, el estado, la familia, y el individuo. Dada la complejidad del momento que enfrentamos es necesario analizarlas una a una.  Desgranarlas para quizá así poder hacer sentido de esta encrucijada y fundamentar la proposición de este artículo: la creación de instituciones para un mundo globalizado, incierto, y sostenible social y medioambientalmente.

La religión es una de las grandes afectadas del desarrollo moderno. En el momento en que Darwin nos revela sus ideas sobre la evolución a fines del siglo XIX, rompe con paradigmas de la Creación que le otorgaban un rol primordial al entendimiento del origen y el futuro del mundo a fuerzas divinas, irreconocibles en gran parte para los seres humanos. El avance científico del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI ha hecho que la religión debilite aún más sus fundamentos para acompañar la incertidumbre de la existencia humana. El principal problema de la religión, según muchos, es que se aleja de lo aprendizajes de la ciencia: el uso de la razón para entender el mundo. Otros han llegado a definir que el gran problema de las religiones es su escapismo, al no ofrecer herramientas concretas que ayuden a enfrentar los grandes problemas como la pobreza y una crisis sanitaria y medioambiental que no hará más que crecer en los próximos años. Los críticos más extremos reclaman los abusos de poder en nombre de un Dios y se sienten profundamente engañados.

El estado es otro de los grandes damnificados, aunque por causas diferentes.  El desarrollo de la tecnología ha hecho que se descentralice la capacidad de influenciar el desarrollo de nuestras sociedades. El mejor ejemplo es internet, que es una red que conectó al mundo digitalmente. En el último año, debido a la obligación de quedarnos en nuestras casas, hemos visto cómo gran parte de los trabajos pueden realizarse conectados a un computador. Muchos crean sus organizaciones desde ese lugar y pueden dar sustento a sus familias. Esto no sólo un proceso de una élite. Presencialmente fui testigo, en mi trabajo como académico, como el mercado de ropa usada a través de plataformas digitales permite que muchos emprendedores en pobreza tengan más oportunidades. Entramos a una economía digitalizada y global en la cual el estado como institución territorial y centralizada pierde sentido para regularizar nuestras relaciones y entregarles legitimidad y protección. La pandemia, por ejemplo, ha demostrado el ridículo esfuerzo de las autoridades estatales que tratan de solucionar un problema sistémico a nivel mundial desde sus realidades nacionales locales.

La tercera institución que ha sufrido un profundo cambio durante las últimas décadas es la familia.  Los lazos sanguíneos que invitan a una vida comunitaria es la forma más popular en que los seres humanos hemos experimentado nuestra existencia colectiva. Sin embargo, en la modernidad las formas familiares proliferan y se pierde un reconocimiento de su forma singular asociada a una pareja de un hombre y mujer que crean descendencia. La caída del matrimonio es un síntoma que refleja que las personas buscan otras formas de unirse y experimentar su existencia colectiva. La mayor libertad de la mujer en términos de ingresos económicos y de decisión de su propia vida, la aceptación de diversas preferencias sexuales, y los aumentos de los grados de libertad en general, al menos en occidente, son un reflejo de la emergencia de una mayor diversidad de formas comunitarias.

La institución del individuo humano disociado de su entorno cae a su vez también. Como seres individuales nos construimos en nuestras relaciones sociales y materiales. Existe una porosidad entre lo que nos rodea y nosotros mismos. Nuestra actividad como individuos afecta a otros individuos. Nos construimos en nuestras interacciones. Es más, nuestra actividad colectiva afecta a otras especies y un planeta del que dependemos. Los seres humanos no están disociados del proceso de la naturaleza ni del universo.

Cuando caen nuestras instituciones, queremos aferrarnos a las antiguas. Esta perspectiva puede ser ilustrada en lo que defiende un pensador que admiro mucho, el rector de la Universidad Diego Portales en Chile, Carlos Peña. Este prestigioso académico defiende que los jóvenes actualmente viven una crisis normativa, lo que sugiere que no cuentan con instituciones fuertes y creíbles que normen su comportamiento. Lo que parece olvidar este argumento es que las instituciones son entes cambiantes que emergen de nuestras relaciones para poder enfrentar de mejor manera la incertidumbre de vivir. No vienen de la nada. Las instituciones nacen para organizar la vida humana y hallar las mejores soluciones en momentos y contextos determinados. Las instituciones actuales están fuertemente cuestionadas. Si quieren sobrevivir, deben replantearse, y si no son capaces de hacerlo inevitablemente darán paso a nuevas que sean más eficientes y adaptables.

El único camino viable para un mundo globalizado, incierto y sostenible es construir nuevas instituciones.

En el ámbito religioso, no necesitamos un mundo sin Dios o un mundo dominado exclusivamente por el lenguaje racional. La ciencia nunca podrá tomar este lugar. Su poder se limita a las ideas que podemos comprobar lógicamente bajo métodos rigurosos. Gran parte del universo sigue siendo un misterio y el pensamiento religioso nos ayuda a dar sentido a ese mismo misterio. Por esta razón, las religiones deben dejar atrás su rol principalmente normativo que rige los diferentes aspectos de la vida humana, como por ejemplo defender desde una superioridad moral formas específicas de sociabilidad, y más bien ¡enfocarse en ser un espacio orientador en el que discutimos y construimos una experiencia humana colectiva de la divinidad de formas amigables y cercanas, relevantes a los desafíos actuales. Mirar los problemas humanos de frente y con valentía.

En lo referente al estado, necesitamos que las instituciones centralizadas se reconfiguren más allá de un ente que coarta la libertad en un territorio determinado y pide impuestos para mantener una burocracia que hoy por hoy no responde a las demandas de un mundo globalizado e incierto. Los problemas sistémicos globales como la pobreza, la pandemia y el cambio climático se solucionan con instituciones globales, o al menos con una interacción eficiente entre los estados para construir un mundo integrado, descentralizado e inclusivo.

En esta perspectiva la familia pasa a ser una institución plural que da paso a diversas formas comunitarias. Los seres humanos compartimos con otros nuestra existencia. Es parte fundamental de nuestra manera de hacer sentido sobre nuestros proyectos y existencia. El desafío es depender menos de la visión unitaria de familia y aceptar que cada persona tiene la libre elección de vivir las formas comunitarias que más le sean apropiadas a sus proyectos de vida.

Por último, nuestras nuevas instituciones deben promover la libertad individual sin caer en la ingenuidad que es el último eslabón. Los seres humanos nos construimos en las relaciones con nuestros entornos sociales y materiales. La tentación de caer en gobiernos comunistas que coartan la libertad humana a un nivel extremo es anacrónica para el grado de conectividad que nos ha permitido la tecnología. Hay que seguir buscando establecer formas organizacionales que promuevan el desarrollo individual de los proyectos de las personas de la manera más descentralizada posible. Sin embargo, hay que esforzarse por promover una mayor integración con contextos desconocidos a la realidad individual de cada persona para que las decisiones tomadas libremente consideren una mayor diversidad. Por ejemplo, buscar formas en las que las personas que tuvieron más oportunidades y que gozan de un buen pasar económico, se imbuyan físicamente en entornos de pobreza, para que esas experiencias forjen sus decisiones futuras. Lo mismo viceversa. Durante mis estudios de doctorado estudié específicamente cómo estas experiencias están en el centro de la creación de mercados que generen un impacto económico y social positivo. Por otro lado, necesitamos imbuirnos más en la poca naturaleza salvaje que queda, para así poder tomar decisiones que la protejan y que al mismo tiempo permitan al ser humano continuar progresando como especie. Imagínense cuánto podemos aprender sobre la creación de nuevas instituciones de  las comunidades indígenas que culturalmente respetan profundamente a la naturaleza o de personas modernas (como por ejemplo, los surfistas, los alpinistas, los amantes del senderismo, o los biólogos) que han decidido compartir físicamente de manera más cercana su vida con el mar, las montañas, los bosques u otras especies.

Necesitamos instituciones para un nuevo mundo incierto y cambiante. Necesitamos instituciones que nos permitan elegir un camino que sea sostenible.

Porque sin instituciones, no hay vida humana que pueda florecer.

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