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Escribir sobre una ciudad es una práctica común. Las ciudades tienen un aura que llama a una parte de nuestro ser. Algunas resuenan con lo que fuimos, somos o quisimos ser y otras nos incomodan y nos echan a patadas porque no podríamos ser parte genuina de sus límites que promueven una forma de vida diferente a cualquier otro lugar. 

Ciudad de México es una ciudad que me ha llamado desde que la pisé por primera vez a los dieciséis años. No sé si llama a quién fui, soy o quiero ser. Las calles de la ciudad me revelan una integración entre tradición y modernidad de la que es difícil no hacerse parte y que se revela en su arquitectura, los colores de piel, los idiomas, y su historia ruda. La Ciudad de México te mexicaniza a la fuerza en las horas que pasas en tráfico, en su cosmopolitismo con fuentes latinoamericanas, en las esperanzas de los gringos en hallar un lugar seguro a sus cadenas de valor. Es quizá una ilustración de la América Latina completa, una integración de eficiencia y pensamiento racional con la sensualidad y el mundo perdido y violento de hace siglos repleto de sentido que escapa de nuestra humanidad. 

Es inevitable entonces no hacerse parte del movimiento de la Ciudad de México. Son millones de personas buscando su vida, corriendo de un lugar a otro en su supervivencia. No sólo mexicanos. Extranjeros como yo, de los que muchos hablan otros idiomas, se dan cita aquí porque vieron oportunidades que sus países no supieron darles, y que no necesariamente se tratan de economía. 

Creo que lo que más gozo en la Ciudad de México es sentarme en cafés a escribir. Muchos llenos de libros nuevos y antiguos me entregan una sensación de que por fin soy presente. Que las decisiones que he tomado y las que no porque el destino lo quiso así, me llevaron a caminar por las calles de Ciudad de México en busca de un atardecer hermoso o de un sonido que me levante el corazón.

Te guste o no te guste la intensidad de la Ciudad de México te revela un mundo que está existiendo hoy. No que fue o podría ser. Ciudades como París en la que viví por años, o San Francisco en mi última visita, me revelan que fueron pero que ya no son. Se transformaron en museos, calles limpias, y burocracia excesiva. Y nosotros los humanos cuando sucede eso nos transformamos en observadores y analistas. Dejamos de ser presente que se hace carne y protagonistas de nuestras historias. 

Algo está sucediendo en Ciudad de México que no soy capaz de definir más que un mundo que nace y que te alegra estar experimentando y caminando por él. 

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