Cambiar es de las pocas cosas que podemos considerar una experiencia genuina. Lo genuino sin embargo no necesariamente coincide con nuestra intencionalidad.
En mi juventud en la mitad de mis estudios de ingeniería comercial (economía y negocios en el común de los países que no son Chile) decidí que no quería dedicarme a lo que convencionalmente se conoce por negocios. Decidí dedicarme a la sustentabilidad; en otras palabras, el impacto social y ambiental que las organizaciones pueden tener. Hoy lo vemos como un término común, pero en esos años era un camino distinto y hasta revolucionario. Fue una aventura que particularmente asustó a mis padres, que obviamente estaban preocupados por mi sustento económico futuro. No los culpo. Ser padre aumenta los miedos por amar desde los huesos y hace palpable los hilos invisibles y concretos que nos conectan por siempre. Los padres educan a sus hijos para un mundo que desconocen. Mis padres no fueron la excepción. Su temor creció aún más por mi tendencia a la poesía y la literatura desde la misma edad. Los padres educan a sus hijos para su mundo, que para sus hijos se relevará como un pasado insonoro. Cuando son las personas que sin duda nos amarán más incondicionalmente hasta que muramos. Es de las paradojas más grandes que me ha tocado vivir y observar.
Después de más de veinte años de trabajar en la integración del mundo empresarial y la sustentabilidad mayormente desde el mundo académico decido (o la vida decide esta vez, quién sabe) empujar hacia otro camino que vengo explorando hace algunos años: integrar la literatura y la ficción con el emprendimiento. En estos veinte años la poesía ha crecido en mí y la visión voluntarista de mejorar el mundo ha disminuido. Creo que el cambio en mí en esta ocasión quiso decir entonces un poco de cinismo. El voluntarismo por querer un mundo mejor (tan común en la izquierda latinoamericana que suele sufrir de juventud intelectual y creativa) niega ciertas verdades estructurales sobre la existencia humana. El sector de la sustentabilidad se basa mayormente en un pensamiento moralista y normativo del cambio social, como si supiéramos claramente el camino del bien. Pero cuando la moral gana, el cambio se hace menos sincero y creativo. Le pertenece a otros y no a nosotros mismos. La creatividad humana es como la de un escritor que se enfrenta a una página en blanco día a día. No podemos limitarla. No tiene fronteras, moral ni Dios.
Si algo puedo sacar de estos años de experiencias conociendo muchos lugares de pobreza económica en el mundo, que usualmente son los que también sufren los problemas medioambientales, es que la visión de generar un impacto positivo es menos importante y profunda que la capacidad de integrar la visión creativa y corporal de estar en el mundo con otros. Construir historias a través de nuestras acciones. Esto no tiene moral ni predicción posible y es el punto más genuino y profundo que los seres humanos podemos experimentar. La manera más eficiente de generar cambio social tiene que ver con recordar la visceralidad de la vida y las relaciones que nos conectan unos a otros. Compartimos el mismo viaje.
Creo que esto es suficiente para mí. Al menos por el momento. La experiencia de las ideas en base a la creatividad e imaginación del mundo artístico y del emprendimiento. Volver a mi cuerpo, que conecta con otros cuerpos. Es la experiencia que sospecho vine a experimentar. Salir de los sueños abstractos que no me pertenecen. El arte es el método del emprendimiento. O quizá el emprendimiento es el método del arte. No hay uno sin el otro.
Éste es un cambio profundo. Amoral y sincero. Quizá hasta cómico. Dicen que la comedia nace cuando se pierde la esperanza. Quiero corregir este argumento. La comedia nace cuando dejaste de creer en las verdades que sustentaban tu identidad para abrirte a nuevos yoes que nacerán. El exceso de moral nos enceguece y hace seres extremadamente abstractos y serios. Es muy fácil protestar por un mundo mejor. Lo difícil y bello es encarnar cada momento porque nunca jamás regresará. Somos parte de la eternidad por un segundo.
De eso se trata la vida.
Un mundo mejor, quién sabe.