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El auge de la técnica a través de la inteligencia artificial implica que todo conocimiento que somos capaces de objetivar y explicitar lo digitalizamos, y luego la propia inteligencia artificial crea en base a esos datos. Internet se ha transformado precisamente en eso: un espacio donde hemos digitalizado nuestra realidad hasta tal punto que la inteligencia artificial posee suficiente información para aprender y desarrollarse cognitivamente. Sin embargo, poco se discute cómo estas capacidades cognitivas impactarán el mundo laboral, especialmente en América Latina. Paradójicamente las estrategias competitivas de las empresas no solo consisten en aumentar la digitalización de sus datos para automatizar procesos mediante inteligencia artificial, sino también en comprender cómo conectar la IA con el mundo corporal, tácito y relacional en el que vivimos, integrándola así con la creatividad humana.

Las empresas buscan constantemente eficientar sus procesos para crear valor competitivo. Esto las incentivará a incrementar el uso de inteligencia artificial, reduciendo costos y conociendo mejor a sus clientes para ofrecerles productos ajustados a sus expectativas. Por ejemplo, las compañías pueden utilizar agentes de IA para reemplazar a humanos en la revisión y elaboración de reportes operativos, así como para capturar datos de nuestros comportamientos y generar recomendaciones personalizadas. Los límites creativos de la IA son cada vez más difíciles de anticipar; con suficiente información, puede escribir guiones de cine, libros, reportes e incluso apoyar decisiones complejas.

Frente a estos avances, surge la pregunta: ¿en qué se transformará el mercado laboral? Líderes empresariales como Elon Musk han afirmado que a los seres humanos no nos quedará más que “sentarnos y descansar”, mientras el Estado provee un ingreso universal. Considero que esta visión simplifica los cambios que implicará la inteligencia artificial. Hasta ahora, la IA es muy fuerte en conocimiento explícito, general y objetivo: bases de datos, reportes, artículos académicos, manuales, procesos operativos o preguntas frecuentes. Se trata de conocimiento generalizable, sistemático, estructurado y fácilmente comunicable.

Pero la IA sigue siendo débil en lo que se denomina conocimiento contextual, interpretativo e implícito. Este es un saber práctico, personal, relacional y emocional; no está documentado, se adquiere mediante la experiencia, la observación y la práctica, y es difícil de articular o transferir. A diferencia del conocimiento explícito, el conocimiento implícito se manifiesta en intuiciones, emociones, corporalidad y percepciones espontáneas, como el equilibrio de un ciclista o la sensibilidad de un pianista.

Para lograr estrategias competitivas en la era de la inteligencia artificial no basta con digitalizar datos relevantes. La IA solo puede ayudarnos en procesos que entendemos y podemos codificar. Las empresas competitivas deberán usarla para crear a partir del conocimiento explícito que generamos y digitalizamos. Esto permitirá que, cuando existan procesos y bases de datos de buena calidad, la IA analítica y generativa automatice tareas y apoye decisiones informadas.

Pero eso no será suficiente. Las organizaciones tendrán que distinguir qué corresponde a la inteligencia artificial y qué corresponde a la creatividad humana. Dada su alta capacidad de procesamiento analítico, la IA manejará principalmente la información codificada; mientras tanto, a los seres humanos nos corresponderá el ámbito subjetivo, interpretativo, relacional y emocional, indispensable para imaginar y construir futuros. Empresarios y gerentes comprenderán más temprano que tarde que no basta con aumentar la cantidad de datos digitalizados para automatizar procesos, y se abrirán a integrar el mundo digital liderado por la IA con el mundo corporal y relacional en el que vivimos.

Esto implica que el rol humano en el mercado laboral se desplazará hacia el trabajo relacional y la creación sin datos. Las grandes inversiones necesarias para competir en inteligencia artificial harán que esta tecnología sea rentable solo para empresas capaces de organizar y financiar grandes bases de datos. Esto deja fuera a gran parte de las PYMES, que constituyen la mayoría del tejido empresarial en América Latina. Sin embargo, paradójicamente, la región podría tener una ventaja en el plano corporal e implícito. Como señalaba el Premio Nobel mexicano Octavio Paz, el conocimiento objetivo y explícito nunca ha sido el centro de la vida latinoamericana; el mundo implícito de las emociones y la relacionalidad siempre ha sido un camino de sentido en la región.

Esta mirada abre la posibilidad de explorar un futuro para América Latina donde las habilidades corporales, sensoriales y relacionales se vuelvan fundamentales para construir lo que viene. El futuro no existe de antemano: emergerá de nuestras capacidades creativas y relacionales para dar forma a mundos que aún no imaginamos.

Profesor investigador y escritor. Su trabajo aborda emprendimiento, mercados informales, creatividad e innovación. Doctor en Estudios Organizacionales y Teoría de la Cultura por la Universidad de St. Gallen, con maestría en Desarrollo por la Universidad Panthéon‑Sorbonne y formación en ingeniería comercial por la Pontificia Universidad Católica de Chile, con intercambio en Estados Unidos en la UCLA (University of California at los Angeles). Ha publicado novelas, ensayos y artículos académicos, e integra el arte como método para repensar el emprendimiento desde lo visceral y poético.