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Todos los escritores e intelectuales queremos ser cantantes. Músicos al menos. Intuimos que el arte madre está en el sonido y no en las palabras. Las palabras nos guían muchas veces, pero también nos engañan. Hacen el mundo más entendible de lo que debería ser. Quizá es por eso que la inteligencia artificial en parte nos confunde. Nos engaña en creer en un presente descifrable y en un futuro predecible.

Es mi frustración desde joven. Crecí entre muchos amigos en los que el talento musical era parte de ellos. Uno de ellos llegó a dedicarse a la música y hoy vive en Estados Unidos. En ellos la música se daba. No sé si sin esfuerzo, pero sí de manera natural, espontánea. Como se revelan casi todas las cosas que le dan significado a la vida. Eran capaces de seguir los ritmos, tomar los compases, afinar el oído y reconocer notas, y desarrollar la motricidad fina que requiere tocar instrumentos. Nunca me he quedado atrás en el esfuerzo y la disciplina que me forjó mi madre, con quien cada día me enorgullece más resonar. Aprendí a tocar guitarra de manera bastante decente. No sé si para considerarme músico. De ninguna manera. Pero sí sacar las notas bases y poder interpretar la base de guitarra de una canción pop-rock. Aprender a tocar música de manera mecánica. 

Después olvidé a la música. Por muchos años dejé de tocar guitarra. Era imposible mientras recorría el mundo y lo reconocía, en su belleza y dureza, y me dedicaba a escribir lo que experimentaba y sentía. Probé además de escribir, otras artes. Por ejemplo, el teatro, que me llamó la atención por el uso del intelecto y el cuerpo, sin ocupar uno sin el otro. Tampoco me hallé con mucho talento en su práctica, pero me dio herramientas que integro en mis teorías de creatividad y emprendimiento, donde la corporalidad es fundamental. La creatividad no proviene de la cabeza, sino que de la vulnerabilidad en que disponemos nuestro cuerpo para que el mundo lo penetre y nosotros penetremos al mundo. Vivimos conectados por membranas invisibles que nos declaran un solo sentido y dirección.  La creatividad no se desarrolla. Se accede a ella a través de nuestra vulnerabilidad y sensualidad. Es uno de los tantos misterios para aquéllos que vivimos en el tiempo y el espacio.

En México recibí el llamado de nuevo, cuando menos lo esperaba. Quería escapar del tormento de escribir papers y ensayos y terminar una novela de cuatrocientas páginas. Probé stand up y me di cuenta de que en mí se hizo una actividad aún cerebral. Necesitaba un movimiento que me expulsara de mi cabeza. Cantar entonces fue natural, por primera vez. Ingresé a una escuela de canto en la colonia Nápoles, donde mayormente van niños y jóvenes. Hay algunos de mi edad y otros aún mayores, que no queremos dejar atrás nuestras vísceras. Y no sé. Algo cambió de la música en mí. Nunca había intentado cantar de verdad, más allá de una borrachera con amigos o en la ducha. Mi profesora me dijo que dejara atrás los traumas de no sentir que la música me había elegido. Empezamos hace casi un año y medio y no me siento tan maldito como en mi juventud. Gozo más de los ritmos, escucho los cambios y giros de notas, abro mi cuerpo a las sensaciones, busco el sonido en las diferentes concavidades de mi cuerpo. El canto a diferencia de tocar instrumentos me resulta una actividad corporal y sensual. Como una especie de teatro en música. El sonido sale de cualquier parte de tu cuerpo. Es descubrirse en el sonido que resuena en la estructura y contenido de tus huesos. 

Estar en clases de canto renueva mi percepción de la bendición de caminar en el mundo. Es la actividad que actualmente más me conecta con la experiencia de vivir. Me hace escapar de las pantallas, que en exceso nos dejan atontados para que ellas tomen el control de nuestros deseos.  Escucho artistas que jamás pensé que les daría la oportunidad por considerarlos en mi ignorancia simplones o muy ingenuos. Valoro otras cosas a las que antes de experimentar cantar era ciego. La potencia de la voz, el manejo de los matices, la intensidad de los sentimientos y emociones que tiemblan en su cuerpo, los instrumentos que caminan con la voz, las letras que se revelan en todos los cantantes de maneras diferentes. 

Cantar es un regalo de Dios. De aquellos que nos pueden salvar de un mundo que cree mecanizar la creatividad a través de la inteligencia artificial. Cantar es una experiencia corporal y sensual que es un terremoto en nosotros. Nada tiene que ver con el reconocimiento de patrones de creaciones anteriores para poder mecanizar algo nuevo. Se trata más bien de cuál es la voz y sonido del mundo que quiere salir a través de nosotros.  

Profesor investigador y escritor. Su trabajo aborda emprendimiento, mercados informales, creatividad e innovación. Doctor en Estudios Organizacionales y Teoría de la Cultura por la Universidad de St. Gallen, con maestría en Desarrollo por la Universidad Panthéon‑Sorbonne y formación en ingeniería comercial por la Pontificia Universidad Católica de Chile, con intercambio en Estados Unidos en la UCLA (University of California at los Angeles). Ha publicado novelas, ensayos y artículos académicos, e integra el arte como método para repensar el emprendimiento desde lo visceral y poético.

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