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Recuerdo cuando vi el concierto de Queen de Wembley 86 por primera vez. Tenía dieciséis años.  El desplante, la voz, los movimientos y el vaivén de Freddy Mercury en el escenario me deslumbró hasta el punto de cuestionarme mi orientación sexual. Era virgen y joven y todo podía ser posible, aún. Recién estaba descubriendo la vida por mis propios medios y sensualidad. Creo que lo que más me impactó fue la transición desde la masculinidad y fuerza física en el comienzo del concierto que muestra Freddy Mercury a luego terminar afeminado y vestido de reina en el centro del escenario mientras flores caían en su cuerpo. Mi padre le quitó culpa a mi cuestionamiento cuando me dijo que él había dudado de su sexualidad a mi edad. Fue quizá una invitación a explorar lo que él no pudo. Esa experiencia juvenil la he contado en variadas ocasiones y la respuesta de la audiencia casi siempre es muy distinta a la de mi papá: un silencio incómodo. Como si las personas asumieran que admirar diferentes formas de sexualidad fuera una forma de no querer aceptar que eres homosexual.  Ya me siento lo suficientemente maduro para desconfiar de los pensamientos dicotómicos. Las opiniones excesivamente morales y dogmáticas plantean definiciones que el tiempo revelará como nimias y ridículas. 

México es el país en que he vivido que más te abre a la confusión, sensibilidad y sensualidad de la existencia humana. Es un país lleno de falencias en lo que podemos entender como desarrollo, como por ejemplo la infraestructura de las calles y los servicios básicos, la pobreza en niños y adultos mayores, la violencia en los contextos de ruralidad en los estados del norte. Pero también México es un matiz constante, muy similar a la sensualidad que observé en Freddy Mercury en el concierto de Wembley, que convoca a explorar la belleza de la experiencia de formas inimaginadas, que no tienen nada que ver con la pulcritud o la riqueza material. No ha habido día o noche en que no me sienta bendecido y maldito por vivir en este país unos años de mi vida. La magia de la que México se ha ganado una merecida fama no proviene de lo bueno ni de lo malo que posee. México te hace un llamado más profundo que los moralismos actuales, que nos obligan a definir nuestras experiencias de formas claras, estrictas y castigadoras. México te entrega una posición diferente en el mundo, que inevitablemente te devuelve a la incomprensión de la experiencia. Entre más profunda la experiencia menos la podemos explicar. La causalidad tiene el límite de la profundidad. 

Quizá la manera más clara en que pueda describir esta perspectiva es a través de una historia que experimenté recientemente en la Ciudad de México.  Tenía por delante una noche tranquila en casa porque mi mujer saldría de fiesta con sus amigos de la maestría a celebrar un cumpleaños. Me imaginé mi futuro cercano leyendo en la soledad de nuestro departamento, rodeado de plantas que mi mujer nombra, cobija y ama. Mi mujer se acerca y me sugiere una hora antes de salir que la acompañe porque finalmente casi ninguno de sus amigos irá. Ella no quería decepcionar al cumpleañero, que le ha dado una visión de la amistad que reformula las relaciones. Me dijo: Te gustará el lugar, tendrá eso que amas de México. Mi mujer siempre intuye bien. 

Llegué tímido al antro (local, bar o discoteca en México), que parecía uno más de la ciudad, saludé al cumpleañero llamado Guillermo, e interactué con sus amigos. Había reservado las mesas en frente del escenario. Guillermo nos dijo que el show que ofrecía el lugar comenzaría en cualquier momento. Nos llevamos bien, y la energía fluyó. El show abre con canciones en inglés en la voz de una drag queen que te sugiere de entrada que no estás preparado para lo que viene. Maquillada y vestida canta canciones que encienden a la audiencia y dejamos nuestra timidez y cautela civilizada ilustrada en nuestras piernas dobladas en las sillas.  La sorpresa te toma cuando dos cantantes heterosexuales salen al escenario y su apariencia es intensamente masculina y femenina. Así la noche entró a su rumbo. Fluyó entre una energía que los cantantes y bailarines drag queens y heterosexuales nos llevaban y un ir y venir al que no podíamos resistirnos. De la música en inglés pasamos a la música en español y luego la música mexicana con canciones de Juan Gabriel y Gloria Trevi. A esa altura estábamos extasiados con el cumpleañero y sus amigos, profundamente felices de la oportunidad de estar ahí. Nos tocamos con más confianza. Cantamos y bailamos. Nos miramos para insinuar cuánto nos llega cada palabra y movimiento de los cantantes y bailarines.  Mi mujer se acerca y me dice que gracias por haber insistido en que algunos años de nuestra la vida los viviéramos en México. La besé. Volví a los artistas y sentí la belleza de la sensibilidad y la sensualidad. De que somos nuestros cuerpos y nuestras voces, de que todo es ambiguo porque aún no emerge y debe ser creado por nosotros. No existe más destino que compartir la presencia de nuestros cuerpos antes de no volver a vernos jamás. 

Días después de esa noche, pienso que predefinir cualquier cosa no tiene sentido. Cuando piensas, ya es imposible estar presente. Necesitamos una experiencia creativa que nos remueva de nuestra rutina y que nos haga estar vivos desde el cuerpo. No tiene nada que ver con un movimiento de derechos gays o la preponderancia de los heterosexuales por una moralidad superior basada en solamente tener sexo con personas del sexo opuesto. Tiene que ver con la propuesta a explorar la transición y la ambigüedad que está en todos nosotros y nos permite ser seres creativos desde la corporalidad y relacionalidad, que no es más que estar vivos porque un día enfrentaremos solos la muerte, péndulo que en su máximo esplendor siempre será indefinible. 

Quizá por eso jamás olvidaré el ingreso intempestivo de Freddy Mercury a mi pieza juvenil. Me insinuaba que si me dejaba llevar por las energías que me llamaban desde el bosque recorrería el mundo, escribiría, sentiría, amaría y sería destrozado. Entendería que él entró a mi cuarto y no a mi pieza. Algún día no sería de Chile ni de México ni de Francia ni de Estados Unidos ni de ningún otro país. Tampoco tendría que elegir entre ser yo como individuo o los otros. Sería ambos.

Profesor investigador y escritor. Su trabajo aborda emprendimiento, mercados informales, creatividad e innovación. Doctor en Estudios Organizacionales y Teoría de la Cultura por la Universidad de St. Gallen, con maestría en Desarrollo por la Universidad Panthéon‑Sorbonne y formación en ingeniería comercial por la Pontificia Universidad Católica de Chile, con intercambio en Estados Unidos en la UCLA (University of California at los Angeles). Ha publicado novelas, ensayos y artículos académicos, e integra el arte como método para repensar el emprendimiento desde lo visceral y poético.

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